No, pocos años me había emocionado Diciembre. Más bien, lo mío, lo mío era andar un poco depre por no poder estar con mi familia. Este año no estaré en Navidad en Guadalajara, pero si para Año Nuevo y como que la idea me tiene medio loquita.
Mi mamá había planeado hacer un pavo para ella, mi hermana, mi cuñado y mi hermano. Me pareció mucho esfuerzo para tan poco quorum, así que propuse cambiar la fecha del guajolotazo a Año Nuevo. Y accedieron. Luego pasé a ser una mamá de Hollywood, persiguiendo al animalito por todas las tiendas.
Íbamos al SAM’s y terminaba en el conge de los pavos, los veía y los veía. Luego lo mismo en el Soriana. Luego le puse fecha a la compra del animalazo. Luego Alvaro me dijo que ya no había pavorosos en SAM’s. Luego sentí morir.
¿Por qué? A mi el pavo ni me emociona. Siempre le había dicho a mi mamá que comiéramos lo que fuera, que el pavo me parecía X. ¿Qué cambió? No fué el sabor, ni el animalito, fué la compañía. Es el hecho de tener a toda la bola en mi casa haciendo ruido. De que la casa huela rico. De tenerlos a todos aquí, hechos bolas.
Hace rato llevé el carro a verificar. Mi ojo estresado y yo estábamos leyendo emocionadísimos las aventuras de Robert Neville en I am Legend. Luego pensé: Aquí enfrente hay otro SAM’s. No pierdo nada con ir. Y así fué. Me dirigí al SAM’s a toda velocidad, cual mamá de película navideña y entré emocionada a buscar mi pavo. No me preocupé ni por la sidra, ni por el vino blanco, ni por otra cosa. Teniendo pavo, todo está hecho. El resto son sólo detalles. Y que me encuentro mi pavo. Y que me enamoro de él. Y que lo echo al carrito – con mucho esfuerzo – y que salgo feliz y realizada con mi pavo.
Llegué y lo metí por la fuerza al congelador. Envíe las invitaciones. Guglié las recetas. Estoy emocionada, ya quiero que sea Año Nuevo y ver a mi gordita con su ropa roja, a mi sobrino con su regalo y a todos peleándose en mi casa. Hasta invitamos al tío Scrooge que seguro no vendrá.
¡Ya quiero que llegue el Año Nuevo!
